No con mi permiso
02/07/2008
Llega un momento en la vida de casi todo el mundo en el que se hace perentoria la capacidad de decir basta, por ahí no paso, a eso me niego. Durante décadas prolongamos esa obligación impuesta durante la infancia de hacer lo debido, nos enseñan aquello de tienes que hacer esto y hacerlo de esta manera y, a base de palos y zanahorias, nos acostumbran a actuar según lo que nos han inculcado como correcto y recto.
El palo y la zanahoria vienen en forma de sopapo y tarde sin jugar o de regalito y palmadita en la espalda, respectivamente. De adolescentes, nos los siguen dando como tarde sin salir con los amigos o pantalones nuevos en función de las notas o de que lleguemos sobrios a casa o no. Después de la mayoría de edad, nos echan de casa o nos regalan el coche según nuestro comportamiento en de la convivencia. Eso, dentro de la familia, la principal socializadora. Igualmente, en los centros educativos, así como con los amigos, vamos intuyendo lo que los demás aprecian o desprecian en función de cómo actuemos.
El problema es que los demás siempre quieren que actuemos en el sentido que más les beneficie a ellos. No les importa demasiado (de hecho, nunca te preguntan) qué te hace sentir el hecho de comportarte de la manera que te exigen si te quieres llevar un premio. No se molestan en averiguar si aquello pega con tu personalidad o te supone un esfuerzo sublime porque has de ir en contra de tu propia naturaleza. Lo único que les interesa es que el resultado les satisfaga a ellos, independientemente de que vaya de acuerdo con tus propios intereses o los contravenga por completo.
La manipulación va mucho más allá: No conformes con modelarte según su conveniencia, los demás tienden asimismo a meterte en la cabeza la idea de tolerancia hacia los diferentes modos de ser ajenos. Si no aceptas cómo son y su manera de hacer las cosas, te tachan de intolerante y te dan otro palo, en forma de censura, de crítica, de rechazo... La suma con lo anterior es previsible: no sólo tienes que favorecer los intereses ajenos sino que además no te puedes mosquear ni rebelar cuando ellos también miran sólo por los suyos en lugar de hacer lo que predican para no fastidiar a terceros. No es un juego de palabras, es muy sencillo: los beneficiados siempre son ellos y el vapuleado siempre es el mismo, o sea, tú.
Por eso arriba una edad en la que te das cuenta de que no puedes seguir haciendo el primo de esa manera y tienes que: Primero, hacer única y exclusivamente lo que tú quieres, protesten y critiquen los otros cuanto les sea necesario hasta desahogarse; Segundo: No permitir o, mejor, impedir, que el resto del mundo te tome el pelo y te utilice y te imponga su modo de ser en nombre de la tolerancia y el respeto a la diferencia, pues antes de nada prevalece el respeto a uno mismo y a manifestar el propio carácter. Tercero: Poner los límites individuales y colectivos de acuerdo con los criterios éticos y morales extraídos una vez sometidos a examen todos los principios y creencias asumidas cuando éramos una tabula rasa y confiábamos plenamente en la bonhomía de nuestros educadores. (Tampoco hay que culparles, seguramente ellos siempre creyeron que ésa era la forma “aprobable” de vivir). Y cuarto: Permanecer firme aunque durante un tiempo nos caigan palos y no nos comamos ni una sola zanahoria, dado que a nadie le gusta perder sus derechos adquiridos y, por lo tanto, es de esperar que, como mínimo, intenten vengarse por ello.
En estas, merece la pena recordar que la segunda vez que alguien te hace daño, el culpable es él, pero el responsable eres tú por dejarle reincidir. No podemos pasar toda la eternidad refugiándonos en el victimismo de que los otros nos dominan porque son muy malos y egoístas.
http://lageneraciondelimposible.blogspot.com/2007/11/no-con-mi-permiso.html