UN TAL JESÚS
21/03/2007
UN TAL JESÚS. La buena noticia contada al pueblo de América Latina. José Ignacio - María López Vigil
ISBN:84-8405-152-8
UCA Editores
Carta a Monseñor Romero / Jon Sobrino
17.marzo/2004 - El Salvador - El imperio, la campaña electoral, el
11-M y el 11-D
Querido Monseñor: Veinticuatro años después de tu martirio y doce
después de los acuerdos de paz las cosas siguen mal, a veces muy mal.
Mucha gente está harta de la injusticia, la corrupción y la mentira.
En tiempo de elecciones estamos hartos de la desvergüenza. Y los
pobres están hartos de la pobreza y de tener que emigrar.
¿No hay solución, Monseñor? Quiero hablarte de estas cosas con la
esperanza de escuchar alguna palabra tuya que traiga luz y ánimo para
trabajar.
El imperio
Es lo más grave. La palabra parecía muerta, pero la realidad la ha
resucitado. Hoy no basta con hablar de opresión y de capitalismo. Hay
que hablar de imperialismo, y de "imperialismo norteamericano", que,
con Bush, se ha hecho inocultable: imponer su poderío sobre todo el
planeta, a través de todo, comercio injusto, información mentirosa,
guerra cruel e irrespeto impúdico de los derechos humanos.
El imperialismo nos llega con el servilismo político de los
gobernantes, pero en el día a día penetra de forma más profunda con la
seducción e imposición de la "cultura estadounidense", the american
way of life: el individualismo, como forma suprema de ser y el éxito
como verificación última del sentido de la vida, como lo mejor que ha
producido la historia. Y a la inversa, comunidad, compasión y servicio
son productos culturales secundarios. Insistir en ello no es
"políticamente correcto". La igualdad de la revolución francesa, y
nada digamos la fraternidad del evangelio, están obsoletos. De Irak no
cuentan los iraquíes, y de África no cuenta nada.
Este imperialismo es antievangélico, y por ello para el cristianismo
la primera exigencia es combatirlo, proclamar - y vivir- la "cultura
de Jesús". Y como, además, se pretende que comamos, bebamos, cantemos
y nos divirtamos, como ocurre en el imperio, hay que defender el
"nacionalismo" bien entendido: la defensa de la bondad de la creación
de Dios, en diferentes pueblos, tradiciones, culturas y religiones.
El imperialismo, además, nos confronta con otro problema que es de
siempre, pero que hoy se ha acentuado. En Asia y África "cristianismo"
ha sido sinónimo de "occidente", con beneméritas excepciones. Pues
bien, en el mundo actual, más de mil millones de seres humanos, los
pueblos musulmanes, ven en Bush, a la vez, la expresión de occidente y
la expresión del cristianismo. Con ello, la misión, no como
proselitismo, sino como diálogo, se hace muy difícil. ¿Quién les
convence de que no hay que identificar las dos cosas si el imperio,
Bush y su grupo, aparecen orando al Dios de Jesús y desoyen a los
cristianos que se les oponen, incluido Juan Pablo II?
Monseñor, tú nos enseñaste a desenmascarar a los ídolos y les pusiste
nombre: la absolutización del capital, de la doctrina de la seguridad
nacional y también, aunque en sí fuesen buenas, de las organizaciones
populares, cuando todo lo subordinaban a ellas. A estos ídolos hay que
añadir hoy el del imperio, esa forma de generar víctimas, lenta o
violentamente, por imposición irredenta.
Conclusión. "Sólo Dios es Dios", no lo es ni el césar ni el imperio,
como Jesús vino a decir a Pilatos. Equivocarse en eso, en forma
creyente o secularizada, tiene gravísimas consecuencias, como lo vemos
a diario en el mundo. Bien lo dijiste:
Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios. Por
eso tenemos tantos ególatras, tantos orgullosos, tantos hombres
pagados de sí mismos, adoradores de los falsos dioses. No se han
encontrado con el verdadero Dios y por eso no han encontrado su
verdadera grandeza (10 de febrero, 1980).
La campaña electoral
Ha mostrado que la política está por los suelos. Muchos gritos y
agresiones al adversario, a veces hasta físicos, y pocos argumentos.
Muchas promesas y pocos programas y medios de llevarlos a cabo.
Entonces nos vienen a la mente unas palabras tuyas: "Oyendo ciertos
discursos de estos días de carácter político, yo no encontraba ninguna
idea constructiva... Ideas serenas para construir el bien del país"
(13 enero, 1980). Y nada digamos de pedir perdón por los errores en el
pasado y de propósito de enmienda. Apelar a la austeridad, generosidad
e incluso al sacrificio no se hace por no perder votos, pero sin ello
no hay solución.
Quizás en muchas de estas cosas no haya muchas diferencias entre los
partidos, pero la derecha ha hecho un alarde de desvergüenza que
pensábamos superada. No apela a la esperanza - la inmensa reserva de
los pobres -, sino al miedo. Dicen: si gana la izquierda volverán los
secuestros; los salvadoreños en Estados Unidos no podrán enviar
remesas; la educación -así la presentan contradiciendo la realidad-
será tan pobre como en Cuba. Del miedo y el terror que produjo su
fundador y varios de sus predecesores nada dicen.
Y para un creyente da dolor cómo la derecha mete a Dios en su
propaganda. Es hipócrita invocar a Dios como aval del éxito futuro. Es
cínico que ese Dios no exija hacer examen de conciencia de quince años
de gobierno tan favorable para las minorías en abundancia y tan
perjudicial para las mayorías en penuria. Y es indignante -si ganan-,
ofrecer a Dios como el gran tesoro para el país sin decir una palabra
de cómo era Dios para Jesús.
Y por supuesto, nada dicen de tantos salvadoreños y salvadoreñas, con
Monseñor Romero a la cabeza, que se parecieron a Jesús en vida y
murieron en cruz como Jesús a manos de ejércitos y escuadrones de la
muerte. Nada dicen de ti, Monseñor. En público te silencian, y en
privado te siguen teniendo un miedo patológico. Tu palabra les sigue
sacudiendo. También les iluminaría, pero no se dejan sacudir ni
iluminar. No les queda otra solución que autoengañarse y
tergiversarte.
Hablan de Dios, y no les importa nada lo que dicen de él. Qué poco
entienden sobre lo que dijiste un 9 de septiembre de 1979: "Si es
verdadera palabra de Dios lleva algo explosivo y no muchos la quieren
llevar. Si fuera dinamita muerta, ya nadie tendría miedo". Ni te
escucharon ni te escuchan, y por eso hablan de Dios mal y sin pudor. Y
ojalá todos tengamos esto en cuenta: los sacerdotes en nuestras
homilías, los profesores de teología en nuestras clases, y ciertamente
los candidatos en campaña. No se puede manosear a Dios ni quitarle
fuerza y vigor. Cuando buscamos votos, dejemos a Dios en paz, y si en
serio queremos hablar de él, sobre todo los políticos, anunciémosle
como "un Dios de los pobres".
La contrapartida es que política es "servicio", y en nuestro mundo
tiene que ser servicio a los pobres". La derecha no sabe nada de eso,
en la izquierda puede haber algo más, pero en todos es difícil
encontrar una vocación de servicio que supere el egoísmo personal y de
partido.
Es sabido que la palabra "política", puede ser usada en el sentido
aristotélico de procurar el bien común en la vida pública, y puede ser
usada en el sentido post-maquiavélico de pugnar por el poder del
Estado. En general, lo segundo prima sobre lo primero. Qué
extemporáneas suenan hoy las palabras del Papa Pío XI: la política es
la forma más elevada de la caridad. Y qué chocantes son las palabras
de los exegetas cuando dicen que la religión de Jesús estaba centrada
en el reino de Dios y pretendía configurar la vida del pueblo; por eso
era una religión política. "No post-maquiavélicamente se entiende". Y
por cierto, buena falta le hace también a la Iglesia meterse en
política en este sentido.
"Si es cristiano no cambie por nada el proyecto del reino de Dios y
trate de reflejarlo y ser sal de la tierra y luz del mundo... En las
diversas coyunturas políticas lo que interesa es el pueblo pobre" (10
y 17 de febrero, 1980).
El 11-M y el 11-D
Al terminar esta carta ha ocurrido la barbarie de Madrid. Nos queda
lejos, pero nos toca muy de cerca. 200 muertos, gente sencilla
trabajadora, entre ellos 13 latinoamericanos que se ganaban la vida
lejos de sus países. Como cuando lo de las torres de Nueva York, la
solidaridad de la gente ha sido ejemplar con los muertos y heridos. En
protesta, once millones de españoles se lanzaron a la calle en un
espectáculo impresionante de repudio y de solidaridad. Después estalló
el escándalo político: del atentado se responsabilizó un grupo
islámico en venganza por el apoyo vergonzante del gobierno español a
Bush en la guerra de Irak, aun cuando el 90 por ciento de los
españoles estaban en contra de la guerra. El gobierno hizo lo posible
por ocultarlo, y en otro acto memorable muchos españoles salieron a la
calle para protestar por la mentira. El gobierno perdió las
elecciones, y los españoles han escrito una bella página de
solidaridad con los que sufren y de dignidad ante el poder.
Pero, aunque la urgencia de las cosas lo haga comprensible, todavía
falta algo importante que ojalá se haga realidad, sobre todo en
Europa. Aunque sea desde la tragedia, dicen que ya están a la altura
de Estados Unidos. Allí, hubo un 11-S, atentado en las torres de Nueva
York, y ahora un 11-M, atentado en los trenes de Madrid. Ambas fechas
han entrado en la historia universal, pero no así otras. ¿Qué pasa con
el 11-S de Chile, con el asesinato de Allende y la masacre en el
palacio de la Moneda, tras la cual estaba Estados Unidos? Y sobre todo
¿qué pasa con el 11-D? Ese día, el 11 de diciembre de 1981, alrededor
de mil personas fueron asesinadas en El Mozote, divididas en tres
grupos: los hombres fueron encerrados en la Iglesia, las mujeres en
una casa, y los niños, unos 170, con una edad media de seis años, en
otra casa cercana a la de las mujeres, de modo que éstas podían
"escuchar" -algunos dicen "reconocer"- el llanto de su hijos cuando
les daban muerte. Todas y todos fueron asesinados. Los asesinos eran
miembros del batallón Atlacatl, entrenado por los estadounidenses, y
el mismo que asesinó a los jesuitas, a Julia Elba y Celina, el 16 de
noviembre de 1989.
Pues bien, el mundo, tampoco el mundo occidental democrático,
reaccionó. La embajada de Estados Unidos dijo no saber nada de muertos
en El Mozote, y cuando los muertos fueron inocultables, dijo que se
debió tratar de un enfrentamiento. No hubo reconocimiento de las
víctimas y entierro digno, y por supuesto no hubo manifestaciones en
contra del terrorismo del batallón Atlacatl, terrorismo de estado, ni
pudo haberlo. La televisión -perdónesenos la ironía- no mostró nada. Y
salir a la calle a protestar hubiese significado poner en juego la
propia vida. Las cosas cambiaron, y años después, sí se ha reconocido
la masacre y enterrado a los muertos. Los familiares los recuerdan -y
celebran- todos los años. Y han hecho un sencillo monumento con estas
palabras: "Ellos no han muerto. Están con nosotros, con ustedes y con
la humanidad entera". Fechado en El Mozote, 11 de diciembre, de 1991.
Si alguno de los familiares y amigos de las víctimas del 11-M de
Madrid lee estas páginas, comprenderá que con ellas nos hacemos muy
solidarios de su dolor, porque en El Salvador lo hemos vivido en carne
viva. Y les ofrecemos con mucha humildad consuelo, apoyo y también la
esperanza del "ellos no han muerto". Y les pedimos con todo respeto
que unan su dolor al de todas las víctimas - más allá de las de Europa
y las de Estados Unidos -, las víctimas de Colombia, de El Congo, de
Bangladesh...
Los políticos europeos hablan ahora de repensar la "seguridad
europea". Y es comprensible. (Ya dicen que la seguridad de los juegos
olímpicos de Atenas estará en manos de la Otan). Pero Europa tiene
otra tarea más importante y más decisiva, para ellos y para todos:
repensarse no sólo desde su seguridad amenazada, sino desde la
solidaridad con las víctimas de todo el mundo. Más que una Europa
unida, proclive al eurocentrismo, es decir, al egoísmo, lo que se
necesita es una internacional de todas las víctimas, con su dolor, y
de todos los solidarios y solidarias, con su entrega. La internacional
de todos los días 11- en cualquier parte del mundo, sobre todo en los
lugares en que las víctimas - por hambre y por balas - se cuentan por
millones.
De nuevo, mucho dolor, mucho respeto y mucho cariño a las víctimas de
Madrid. No se trata de ir mas allá del 11-M, pues cada dolor es
inintercambiable, pero sí se puede ubicarlo en el dolor más grande de
la familia humana. Y también en su esperanza.
Monseñor, todas estas cosas, políticas y humanas, ocurren en Cuaresma.
Es tiempo de desierto, lugar de tentación y de reflexión. Y también
lugar del encuentro silencioso con Dios. Ahí resuenan sus palabras:
"partirás tu pan con el que tiene hambre". Y hoy resuenan también tus
palabras políticas: "Un cristiano que se solidariza con la parte
opresora, no es verdadero cristiano" (16 de septiembre, 1979). "Lo que
marca para nuestra Iglesia los límites de la dimensión política de la
fe es precisamente el mundo de los pobres. Según les vaya a ellos, al
pueblo pobre, la Iglesia irá apoyando desde su especificidad de
Iglesia, uno u otro proyecto político, apoyar aquello que beneficie al
pobre, así como también denunciar todo aquello que sea un mal para el
pueblo" (17 de febrero, 1980).
Jon Sobrino.- Sacerdote jesuita, teólogo. En El Salvador desde 1957,
donde ha vivido los años de opresión, represión y guerra, y también
los años de esperanza popular. Fue buen amigo de Monseñor Romero y
compañero de los jesuitas asesinados el 16 de noviembre de 1989. Sus
últimos libros son: "Jesucristo liberador" (1991), "El principio
misericordia" (1992), "La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas"
(1999), "Terremoto, terrorismo, barbarie y utopía" (2002).