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Capítulo 58. LA PREOCUPACIÓN
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Eran casi las dos del mediodía cuando aparcaron el automóvil en una perpendicular de Alameda Rekalde, pero por si acaso lo hicieron al otro lado de donde la tarde anterior les habían pintado el coche. Llegaron al portal y Juantxo pulsó el timbre de Benjamin Ríos.
— ¿Quién es? —, se oyó a través del aparato automático.
— Somos del servicio de aguas del ayuntamiento y hemos detectado una avería en una de sus cañerías. Llevamos dos días intentando encontrarle en casa para que nos deje pasar a reparar la avería, que parece que es algo muy serio.
La puerta del portal se abrió y los tres liberados de la organización subieron al piso de Benjamin. No hizo falta pulsar el timbre, porque la puerta estaba abierta. Iñaki entró el primero, haciendo un abanico con el brazo que terminaba en un oscuro y frío orificio del calibre 22. Avanzó unos pasos por la sala botánica sin ver a nadie. Siguió apuntando con su arma en derredor suyo. Sus dos compañeros entraron detrás de él e hicieron lo mismo. No se veía a nadie. En ese momento, oyeron una voz que salía de lo que supusieron que sería la cocina por el apetitoso aroma que emanaba.
— Esperar un momento muchachos, que tengo una sartén en el fuego y acabo en dos minutos con el guiso que me estoy haciendo.
Un sexto sentido de Patxo empezó a mandarle señales, pero no las atendió y continuó inmerso en la “Operación Matarile”.
Patxo e Iñaki entraron en la cocina, y Juantxo se quedó en la sala para cubrirles las espaldas. Aún no habían registrado la casa y no sabían si había más agentes del CESID en el piso franco. Benjamin miró con sorpresa a los dos individuos que habían irrumpido en su cocina con sendas pistolas en sus manos. Apagó el fuego de la cocina y se acercó a ellos.
— ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué buscan?
Iñaki le puso la boca de su arma en el pecho, y con la otra mano le dio un empujón. Benjamin reculó para atrás y volvió a preguntarles.
— ¿Qué quieren ustedes?
Patxo entró en acción. — Escúchame hijo puta, queremos que nos digas en dónde está Mitarra. Si colaboras, te dejaremos vivo, pero como nos causes problemas, te arranco todas las uñas de los pies y luego te meto un tiro en la tripa. ¿Entendido? Ahora voy a registrar el piso, así que piénsatelo bien mientras me doy una vuelta por la casa.
Patxo salió de la cocina y junto con Juantxo registraron todo el piso. No había nadie. Volvieron a la cocina. Iñaki tenía encañonado a Benjamin.
— Bueno compadre, empieza hablar o te hostio.
— Mis queridos amigos, no sé quién creéis que soy, pero os comunico que conmigo no hace falta que uséis armas. Soy totalmente pacífico y no os voy a causar ningún problema. En segundo lugar, no sé exactamente quiénes sois. Supongo que si buscáis a Mitarra es porque sois, o bien de la policía, o bien de la gente de su organización que le quiere quitar de en medio. ¿Os importaría decirme a qué grupo pertenecéis?
Patxo le miró directamente a los ojos, y volvió a oír la vocecita intentando decirle que otra vez se había equivocado de estrategia. Pero estaba muy alterado emocionalmente y no pudo comprender el mensaje.
— No nos líes la manta con apariencias de inocente. Tú sabes quiénes somos y nosotros sabemos quién eres. Sabemos que Mitarra está negociando su entrega a vosotros y que tú eres el contacto de Madrid con Mitarra.
Benjamin comprendió que sus invasores eran de ETA y que creían que estaban hablando con un funcionario del estado. También entendió que pensaban que Mitarra era un traidor de muchísimo cuidado.
— Por lo que me has dicho, parece obvio que sois compañeros suyos, pero ya veo que no confiáis en él. En cuanto a que yo soy un agente del gobierno, estáis muy equivocados, yo no soy quien creéis que soy, pero supongo que no me vais a creer. Pero estaros tranquilos, que cuando lo considere oportuno, os voy a demostrar que yo sólo soy un pacífico ciudadano que no tiene nada que ver con vuestros asuntos.
Patxo estaba cada vez más mosqueado, pero él era el jefe y tenía que ir de ello.
— Déjate de milongas y dinos en dónde está Mitarra.
— Mitarra se fue hace dos días al Aralar a bailar aurreskus.
— ¿Al Aralar? ¿A bailar aurreskus? ¿Y para qué hostias se ha ido hasta allí a bailar aurreskus el pirao de Mitarra? ¿No será que se ha ido a por setas o a tomar el Sol? Listo de los cojones, espabilao, que eres un espabilao —, replicó Iñaki con su habitual espontaneidad.
Patxo le fulminó una vez más con la mirada. Benjamin se rió del comentario de Iñaki y mirando a Patxo, le dijo que la impaciencia nunca es eficaz.
— Además, tu compañero es muy primitivo y, por consiguiente, tendrá muchas corazonadas que den en el clavo. Te convendría dejarte llevar alguna vez por sus consejos.
Iñaki puso una cara muy ufana y miró a Patxo como esperando que éste aceptase la inteligente sugerencia del agente del CESID. Patxo estaba notando que el tema se le iba de las manos. Puso más cara de jefe y preguntó con autoridad.
— ¿Para qué se ha ido al Aralar? Y déjate de chorradas y de aurreskus. ¡Eh!
— Vale. Se ha ido para encontrar la sabiduría y el poder. Le pasaba como a vosotros. No tenía el suficiente oxígeno en las neuronas del cerebro. Pero con los ejercicios que ha practicado, se le está corrigiendo esa característica tan humana. Vosotros todavía estáis a tiempo de oxigenaros, porque como no lo hagáis, sois unos serios candidatos a seguir bajo la influencia del histerismo y de la ignorancia. Me imagino que estaréis neuróticos y que también tendréis unas grandes dosis de esquizofrenia paranoica.
— Anda la hostia, ¿a ver si ha sido éste el que ha escrito el horóscopo del periódico? El que te pone a parir todos estos días.
Patxo señaló con el dedo índice a Iñaki y le amenazó con darle un tiro en la boca si volvía a interrumpir el interrogatorio. Se volvió hacia Benjamin.
— ¿Después del Aralar se va a ir para Zaragoza?
— Pero jefe, si lo de Zaragoza te lo dijo el otro pirao esquizofrénico que dejamos abandonao en Erandio. ¿Ya no te acuerdas que la pista que nos dio, vale menos que un pimiento choricero en un bocadillo de mermelada?
Patxo tuvo que reconocer que Iñaki tenía razón. Notó que Benjamin le miraba con amabilidad.
— Muchacho, te recomiendo que pongas sosiego en tu corazón y en tu mente. Si no, lo vas a pasar muy mal, pero que muy mal.
Patxo explotó. — ¿Pero qué hostias está pasando aquí? Yo no he venido para que me hagáis un psicoanálisis de putos aficionados.
La sonrisa de Benjamin se ensanchó, y Patxo se dio cuenta de que aquello no podía seguir así. Era como si el agente español e Iñaki se hubiesen aliado contra él. No sabía en qué momento había perdido el control de la situación. Esta vez se puso serio de verdad.
— Vamos a ver, me consta que usted es un funcionario del Ministerio del Interior y que está aquí para combatir y reprimir al nacionalismo revolucionario de Euskadi. Usted es un enemigo de nuestra nación, que me está tocando los huevos.
Benjamin le interrumpió. — Si me permites, tengo que decirte que no soy enemigo de nada ni de nadie. No estoy a favor ni en contra del nacionalismo. ¿Me entiendes? Yo no soy como los nacionalistas españoles que están en contra del nacionalismo vasco porque dicen que es insolidario, aldeano o racista. Eso es una gran incoherencia dialéctica. Es como si un borracho criticase a otro borracho porque éste siempre está bebiendo. Para mí, son tan nacionalistas los que combaten al nacionalismo de aquí, como los propios nacionalistas vascos. Para unos, su nación es España, y para otros es Euskadi. Pero ambas categorías intelectuales son lo mismo. ¿Me sigues?
Patxo asintió con la cabeza y Benjamin continuó con su discurso ideológico.
— Mi querido amigo, en lo único en que no estoy de acuerdo con vosotros es en que hagáis el bestia para conseguir vuestros objetivos. Si analizaseis con objetividad los resultados de vuestra estrategia, os daríais cuenta que sólo beneficia a los enemigos de la independencia vasca. Es como si vuestros responsables fuesen unos infiltrados al servicio del nacionalismo español. Porque si no es así, ¿cómo se entiende que todo lo que hacéis contribuye a fortalecer lo que vosotros llamáis como posicionamientos españolistas o antivascos?
Benjamin se calló y esperó a que Patxo dijese cualquier cosa con fundamento. Patxo comprendió que tenía que decir algo, pese a que se barruntaba que no iba a tener mucho fuste.
— Nosotros no estamos fortaleciendo a los enemigos de nuestra patria. Nosotros los estamos golpeando hasta que cedan y estén dispuestos a concedernos lo que nos corresponde. ¿Entendido?
— Muy bien —, dijo Benjamin, — vosotros creéis que golpeando al muñeco, éste se va a rendir. Y así lleváis un montón de años. ¿Se ha rendido? No. ¿Por qué si hasta ahora no se ha rendido, y eso que habéis hecho auténticas barbaridades, lo va hacer en un futuro más o menos próximo? ¿Pensáis matarlos a todos? No, porque entre otras cosas, no tenéis tantas balas. Pero pese a lo evidente de la realidad, seguís asesinando y causando dolor a cambio de nada. A cambio de nada provechoso para las opciones nacionalistas vascas, pero, sin embargo, y curiosamente y paradójicamente y misteriosamente, sí es provechoso para las opciones nacionalistas españolas. Os repito lo que os he dicho antes: parece que estáis a sueldo de Madrid. Pero lo peor es que encima no es así. Lo peor es que creéis que lo estáis haciendo bien.
Iñaki no pudo aguantar más e intervino en la conversación. — Jefe, este hijo puta nos quiere liar la manta. Que se deje de cuentos y que nos diga en dónde está Mitarra.
Patxo le mandó callar por enésima vez y le hizo a Benjamin la pregunta clave. — ¿Por qué dice usted que nuestra actividad sólo beneficia a los españolistas?
— Porque es evidente y de cajón. Me explico. En primer lugar está el tema de Nabarra. Vuestra intención de unificar Nabarra con el resto del País Vasco del sur, o viceversa, es una posibilidad cada vez más lejana. Cada bomba, cada asesinato, cada algarada callejera; sólo consigue que haya menos nabarros que quieran integrarse. Además, el voto a las diversas opciones abertzales es cada vez menor. ¿Cómo pretendéis que se unan a Euskadi, si cada vez os votan menos? En segundo lugar, en la Comunidad Autónoma Vasca o Vascongada, como vosotros soléis decir, pasa otro tanto de lo mismo. En las próximas elecciones al Parlamento, según indican algunas encuestas, cabe la posibilidad de que por primera vez en su historia, los representantes de los partidos estatalistas sean mayoría. ¿Os imagináis en dónde van a quedar vuestras opciones independentistas? La disminución del voto nacionalista vasco y el aumento del voto españolista, según vuestra jerga, es una de las consecuencias que se derivan de vuestra poca cabeza y de vuestra absoluta falta de escrúpulos. Todo el mérito va a ser vuestro. En tercer lugar, está el tema de quién es el bueno o el malo de la película. Deberíais de saber que para que una revolución popular triunfe y mucho más si es armada, es imprescindible el apoyo activo de una gran parte de la sociedad. Deberíais de saber que para que la sociedad apoye a una vanguardia, es imprescindible que se sepa quién es el bueno y quién el malo. Si la sociedad de turno a liberar, sabe que el sistema les oprime, o les mata, o les tortura, o simplemente, sabe que no les deja expresar sus deseos, en definitiva, si sabe que están tiranizados por una auténtica dictadura; entonces la sociedad sabe quién es el malo y, en consecuencia, apoya a los que pretenden terminar con la tiranía. Ha sido siempre así y será siempre así.
“ Pero ése no es vuestro caso. Aquí, los únicos que matan, o detienen a ciudadanos sin respetarles sus derechos, o torturan, o no respetan la voluntad popular; sois vosotros. Habéis conseguido que ETA sea la mala de la película y que vuestros enemigos sean los buenos. También habéis conseguido que, además de hacerles los buenos, sean unos héroes porque, a pesar de correr el riesgo de ser asesinados por vosotros, están dispuestos a entregar su vida en defensa de su legítimo derecho a pensar como quieran. Ya sabéis a qué me estoy refiriendo. Estoy hablando de la nefasta estrategia que supone el asesinar a representantes elegidos democráticamente por el pueblo vasco que decís querer salvar. Todo es un gran absurdo. No estáis protagonizando ninguna romántica o noble lucha de liberación. Sólo estáis representando una mala parodia, una opereta, o un sainete que, si no fuese por el dolor que causáis, sería hasta gracioso. Como dirían los manuales revolucionarios, que se supone que habéis tenido que leer, si no hay condiciones objetivas en la sociedad para una revolución, lo mejor es vender los fusiles y las bombas, y dedicarse a otra cosa, mariposa”.
— Este cabrón también nos quiere convencer de que nos hagamos una tregua. Pues no.
Patxo no hizo caso del comentario de Iñaki, y puso toda su artillería pesada en el combate dialéctico.
— Usted sólo ha contado una parte de la película, ¿pero qué pasa con los derechos de los presos, con las torturas en comisaría, con los derechos de Euskal Herria? ¿Qué pasa con los GAL? ¿Ellos sí pueden y nosotros tenemos que aguantar todo? Quisiera saber su opinión sobre todo esto.
— Amigo mío, eres un romántico, pero con muy poca cabeza. Lo primero está muy bien, pero lo segundo es un gran lastre que, afortunadamente si se quiere, se puede uno librar de él. Sólo hace falta ejercitar la racionalidad y el pensamiento objetivo. Mira, hace 25 años, yo hubiera comprendido que para muchos jóvenes románticos no les quedó otra salida que la de empuñar las armas. Pero las condiciones políticas han cambiado y desde hace 20 años, cada cual puede mantener la postura ideológica que quiera. Por poner un ejemplo: Antes no se podía ser independentista, ahora se puede ser independentista o lo que se quiera, siempre y cuando se respeten las otras posturas. Antes no se permitían la existencia de ideas diferentes. Ahora pueden y deben de coexistir todo tipo de ideas. Eso es la libertad. Es la posibilidad de defender dialécticamente tus ideas y luego esperar el veredicto de la mayoría. Como en las antiguas asambleas de los vascones. Me dirás que Madrid no está dispuesto a respetar la voluntad de los vascos. Pues igual tienes algo o mucho de razón, pero da igual. Lo importante no es la opinión de Madrid, lo importante es articular la opinión mayoritaria de un pueblo, y una vez conseguido el respaldo mayoritario de los ciudadanos, siempre, tarde o temprano, se logra el objetivo. Pero se debe de hacer por ese orden y sin querer forzar la opinión popular. Vosotros os saltáis todo a la torera, queréis acojonar a los vascos que no piensan como vosotros y, como antes os he dicho, para más joder, estáis consiguiendo que cada vez haya menos vascos que se identifiquen con vuestros proyectos.
Benjamin hizo una pausa y esperó algún comentario de sus atentos oyentes.
— ¿Qué pasa con lo que te ha preguntado mi compañero? ¿No te interesa contestar? Cabrón.
Benjamin le respondió a Iñaki que tuviese un poco de paciencia.
— Mi primitivo amigo, os he dicho antes que para superar el lastre de tener poca cabeza, es preciso utilizar el pensamiento objetivo. Para ello, es fundamental tener una idea global del tema a analizar, para luego poder ver cada parte de la globalidad. Es para no perderse por los cerros de Úbeda. ¿Me entiendes? Bueno, una vez que ha quedado claro cuál es la única estrategia a desarrollar para articular a todo un pueblo en un objetivo, es decir, que sólo vale la fuerza de la razón y de la imaginación; voy a contestar a tus temas, para que no digáis que parezco un político al uso.
“ En primer lugar, los derechos de los presos o de los detenidos en comisarías, están bien contemplados en las distintas legislaciones. Sólo hace falta que se apliquen escrupulosamente. Si no se aplican, la ley permite que civilizadamente se denuncien las irregularidades y si se hace bien y si vosotros también respetáis los derechos de los que no piensan como vosotros, tarde o temprano, se conseguirá que se respeten escrupulosamente, y también se conseguirá que aquellos que practiquen malos tratos a los detenidos, sean castigados por la ley. De hecho, cada vez hay más condenas legales para este tipo de delitos. Es muy importante que se respeten los derechos ciudadanos de todos, incluidos los vuestros, porque entre otras cosas, de esa forma no tendréis ni esa excusa para autoconvenceros de la perversión intrínseca de Madrid”.
“ En segundo lugar, los derechos de Euskal Herria son los derechos de los ciudadanos vascos. Lo único fundamental es el respeto por parte de todos a la voluntad mayoritaria de Euskadi. Los únicos que tienen derecho a elegir su destino son los vascos. Ni vosotros podéis forzar nuestra opinión, ni Madrid debe impedir que la manifestemos. Dejadnos en paz, tanto unos como otros, y permitir que expresemos nuestra opinión. Dejad de matar en nuestro nombre, ya somos mayorcitos, y si la sociedad vasca se quiere autodeterminar, ya lo conseguirá, pero pacífica e inteligentemente. No porque cuatro iluminados nos obliguen a ello”.
“Y en cuanto a los GAL, pues qué queréis que os diga. Fue una gran cagada que se hizo hace 15 años, que ocasionó muchos asesinatos como los vuestros, que os vino muy bien porque así podíais seguir pensando que nada había cambiado, y que, por último, parece ser que ya se ha acabado. Sólo queda esperar que la justicia sea imparcial para demostrar que se aplica a todos por igual, porque en caso de no ser así, vuestras posturas saldrían fortalecidas, una vez más, como consecuencia de otro gran error de los contrarios de vuestro ideario. Lo de siempre: el pez que se muerde la cola. Los unos favorecéis a los otros, y los otros hacen lo mismo, favoreciéndoos con sus chapuzas. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado”.
— Jefe, éste te va a comer el tarro, te va a comer el coco, te va hacer un lavado de cerebro de mucho cuidao con el piquito de oro que tiene. Ahora estás un poco flojo por todas las preocupaciones que tienes y este hijo puta se está aprovechando. Lo mejor es que le hostiemos hasta que nos diga qué es lo que ha negociado con Mitarra.
Patxo no sabía cómo rebatir el discurso de Benjamin y la advertencia de Iñaki le vino de auténticas perillas.
— Antes ha dicho usted que no nos preocupemos porque cuando quisiera podía demostrar que no es ningún txakurra. Pues ya nos lo puede demostrar, porque si no lo hace, vamos a hacer con usted lo que acaba de decir mi compañero.
Benjamin sonrió y se encogió de hombros. — Muy bien, pero antes me gustaría explicaros una cosa. Según ha dicho ahora tu compañero, parece ser que tienes muchas preocupaciones. El que tiene preocupaciones es una persona preocupada. La palabra “preocupado” consta de dos partes. Una es “pre”, que quiere decir que es algo previo, que es antes de algo. La otra es “ocupado”. Ocupado puede tener varios significados, pero el más global es el de hacerse cargo de algo. Por lo tanto, los preocupados son aquellos que todavía no se han hecho cargo de algo. Sobre todo no se han hecho cargo de sí mismos. Si en vez de preocuparse, se ocupasen, no serían unos preocupados y serían unos ocupados. Serían unas personas despreocupadas porque se han hecho cargo de sí mismos y, por consiguiente, al estar ocupados en algo, están siempre viviendo el presente sin tener tiempo de pensar en lo que pueda ocurrir en el futuro, y por eso, les afecta mucho menos lo que les pueda venir desde fuera. No sé si me he explicado con claridad, pero me imagino que si estuvieseis ocupados en la construcción de Euskadi, no estaríais tan preocupados por el futuro de Euskadi. ¿Vale?
Iñaki dijo que el cabrón del txakurra les estaba tomando el pelo.
— Mecagüen la hostia. Mientras no le partamos la boca, este cabrón no va a dejar de largar.
Juantxo intervino por primera vez. — Animal primitivo, ¿no te das cuenta que si le partes la boca, no nos va a poder informar de nada?
Patxo tomó las riendas del comando. — Callaros de una puta vez. Este señor, por lo menos en lo último que ha dicho, tiene razón. Vamos a empezar a ocuparnos de las cosas, y lo primero que hay que resolver es si es un txakurra o no. Señor Ríos, hágame el favor de demostrarlo si es que puede. Porque si no ….
— Muy bien chicos. Soy consciente de que me la estoy jugando. Si no consigo demostraros que no soy ningún txakurra enemigo vuestro, sé que lo puedo pasar mal. Pero no estoy preocupado, porque me voy a ocupar ahora mismo del asunto. Escuchadme bien: Me imagino que sabréis que la naturaleza es lo más sabio que hay. Nunca se equivoca porque siempre sigue unos ciclos bien precisos. Todo nace, se consolida, decae y luego muere. Primero es la primavera, luego viene el verano, el otoño, y todo acaba en el invierno. Las plantas y los árboles son el mejor ejemplo. Nacen de la tierra, tienen sus raíces en la tierra, pero después desarrollan hacia arriba, hacia el cielo, el tallo o el tronco. Luego, el tronco o el tallo, se ramifica, o se diversifica para poder albergar el mayor número posible de hojas. Las hojas verdes son como las neuronas frescas del cerebro. Cuantas más haya, más energía solar pueden absorber, y mejor se produce lo que se conoce como fotosíntesis. La energía que provoca la función de la fotosíntesis, es enviada hacia abajo a través de la savia. Llega hasta las raíces que están bajo tierra. A su vez, cuando la tierra recibe la energía de la fotosíntesis solar, porque es muy sabia, sabe que lo tiene que compensar y, entonces, envía su energía específica hacia arriba, a través de las raíces, del tronco, de las ramas, hasta llegar a las hojas o neuronas. En las plantas y demás especies del mundo vegetal, siempre hay una fluidísima circulación de energías que suben de la tierra al cielo y de las que bajan del cielo a la tierra. No hay obstrucciones en sus conductos y por eso es que las plantas son tan inteligentes y por eso es que yo siempre he confiado en ellas. Fijaros si confío en ellas, que si me acompañáis a la sala, os voy a presentar a la planta de mis ojitos y ya vais a ver cómo ella os va a demostrar que no soy ningún policía o cosa por el estilo.
Benjamin se dirigió hacia la sala y los tres miembros del comando le siguieron sus pasos de cerca, un tanto mosqueados, con las armas en su mano apuntando hacia el suelo. En medio de la sala estaba la planta que según las palabras de Benjamin, era la de sus ojitos. Era un “Ficus Benjamina”. Alcanzaba algo más de dos metros de altura y su espesa frondosidad iba disminuyendo de abajo hacia arriba. Pero aún arriba, seguía siendo exuberantemente frondosa y más verde que la piel de una sandía.
Benjamin se acercó a su planta y comenzó a acariciar las hojas. Invitó a Patxo a hacer lo mismo y éste accedió. Benjamin le dijo que lo haría mejor si se guardaba el arma en el bolsillo y empleaba las dos manos para tocar suavemente la hojarasca. Patxo metió su pistola en el bolsillo, pero miró a Iñaki y Juantxo para comprobar que estaban atentos a los movimientos del enigmático e hipotético agente del CESID.
— Veis muchachos, es una planta impresionante en su apariencia externa, pero, además y también, es muy sabia porque contiene en su interior, en su esencia más íntima, la respuesta a vuestras dudas. Ven Patxo, no la tengas miedo, acércate más que te voy a mostrar la prueba irrefutable de mi inocencia.
Benjamin y Patxo se inclinaron para acceder mejor a la parte más frondosa de la planta, y entonces el dueño del “ficus” metió la mano en su interior para sacarla a continuación empuñando un azulado revólver P.38. Benjamin apuntó con el revólver de Mitarra a la cara de Patxo y dijo enérgicamente a Iñaki y Juantxo que no moviesen ni una pestaña y que depositaran sus armas sobre el sofá y que se tumbasen en el suelo, si no querían quedarse sin jefe como quien se queda sin abuela.
Los dos compañeros de Patxo no tuvieron más remedio que obedecer las órdenes de Benjamin. Patxo miraba a Benjamin con una expresión que, aunque no fuera consciente de ello, expresaba una gran decepción. Le había empezado a caer bien el descarado de Benjamin y ahora, cuando estaba casi seguro de que no era ningún txakurra, el hijo puta del agente español les tenía a su merced. Benjamin, una vez conseguido el dominio de la situación, comenzó a descojonarse.
— Muchachos, ahora os voy a demostrar que no soy lo que pensáis.
Dio un par de vueltas a su revólver sobre el dedo índice, a la manera de un consumado pistolero del Oeste, y a continuación, agarrando el arma por el cañón, se la entregó a Patxo.
— ¿Ves? A mí las armas me importan un pito. Si hubiera sido un poli de verdad, no os entregaría el arma. Y mucho menos ahora que os tengo en mis manos.
A partir de ese momento, todo fue coser y cantar. Juantxo estaba de acuerdo con Benjamin en que para hacer una revolución, es imprescindible que para ello existan unas nítidas condiciones objetivas. Iñaki estaba admirado de los santos cojones que había tenido el viejo parraplas tan charlatán. Y Patxo tenía ganas de llorar.
Se dio cuenta de que durante toda una semana había estado siguiendo un fantasma creado por su imaginación. Todo había sido una errónea suposición que ya ni se acordaba cómo había tomado cuerpo semejante conclusión. También se dio cuenta de que eso había sido su vida. Siempre había estado preocupado por las cosas, en vez de ocuparse de ellas. Benjamin percibió la nueva corriente afectiva que se había establecido entre sus tres ex secuestradores. Les invitó a comer.
— Cuando habéis llegado, me estaba preparando unas alcachofas con jamón. Hacemos más ración y abrimos una botellita, o dos, de clarete. Luego hay queso, fruta, nueces. No nos vamos a quedar con hambre. Además, hay que comer como lo hace Indurain. Ya sabéis que solía decir que le gustaba quedarse con un poquitín de hambre. Es para no atosigar al aparato digestivo del emotivo estómago. A vosotros os iría muy bien si hicieseis como Indurain.
Se sentaron a la mesa y dieron buena cuenta de todo lo que había. Benjamin sólo abrió la boca para comer y sus tres invitados respetaron el silencio del dueño de la casa. Una vez comido todo lo comible que se les puso encima de la mesa, Patxo, Iñaki y Juantxo aceptaron unas tazas de una infusión de hierbas. Iñaki fue el primero en romper el silencio.
— ¿Cómo hostias es que eres tan cachondo? ¿Por qué nos invitas a comer y no nos preguntas nada de nada?
Benjamin miró a Iñaki y le guiñó un ojo. — Mi estimado y primitivo amigo, sólo cumplo con una de las costumbres más ancestrales de los antiguos aldeanos vascos. La de dar cobijo a todo aquél que llega a su casa y no preguntarle de dónde viene o por qué se encuentra lejos de su lugar. El respeto a la intimidad de las personas es una de las cosas más sagradas que hay en este mundo de locos y maleducados.
Mientras Iñaki se acordaba de la descarada rubia de Donosti que le llamó maleducado por lo menos dos veces, Patxo entendió que tenía que abrir su corazón a Benjamin. Así que le contó todo: Las sospechas que tenían con respecto a Mitarra, la pista de la descarada señorita Urdanpilleta, la conexión de ésta con Benjamin, la suposición de que Mitarra estaba negociando su entrega con el anfitrión de la casa, y también, que su misión consistía en encontrar a Mitarra y darle matarile por hijoputa traidor.
Benjamin se rió cuando le dijeron que habían creído que Arantza era una experta funcionaria del ministerio del interior, y a continuación les explicó la auténtica película.
— Mirad chicos, Mitarra sólo quiere encontrarse a sí mismo, para así poder evitar una gran barbaridad que parece ser que quiere hacer vuestro jefe supremo. Después quiere convencer a vuestra organización de la necesidad de declarar una tregua estable. Sólo quiere iniciar un debate con fundamento en el seno de vuestra organización. ¿Me imagino que eso no es ninguna traición? ¿No? Fijaros si ha cambiado, que cuando se marchó de aquí, dejó su revólver en la planta porque ya no le hacía falta ir por ahí como un bandolero mejicano. Gracias a la decisión que adoptó, hoy he podido demostraros que estabais equivocados. Cuando las cosas se hacen bien, siempre salen bien. No lo olvidéis nunca.
Patxo asintió con la cabeza y le comunicó a Benjamin que le encantaría poder estar más veces con él. Benjamin le respondió que ya sabía en dónde vivía y que siempre que quisiera, eso sí, siempre y cuando dejase su arma en el “ficus”, podría venir a charlar de lo que quisiera.
Patxo le dio las gracias y se prometió a sí mismo que haría todo lo posible por establecer una relación fluida con el agradable viejo que tenía respuestas lógicas para todo. Se acordó que tenía que llamar a Korta y le pidió permiso al dueño de la casa.
Mientras marcaba el número de la empresa tapadera de Korta, se percató de que le importaba un pito lo que éste le pudiese decir. Después de la pantomima de siempre, volvió a llamar al otro número. Korta estaba más histérico que nunca.
— Estoy hasta los cojones de vosotros. ¿Habéis encontrado al pájaro?, o ¿habéis confirmado que se ha ido a Zaragoza?
Patxo le mandó callar y le pidió que le escuchara con atención.
— Escúchame Korta, acabamos de descubrir que el pájaro no se quiere entregar a Madrid y que tampoco tiene ningún contacto con nadie. Sólo quiere evitar una burrada que parece que quiere hacer el gran capo. Y por último, lo único que sabemos del pájaro es que se fue hace dos días al Aralar a pensar en sus cosas. La pista de Zaragoza no vale para nada. Vamos, que vale menos que un pimiento choricero en un bocadillo de mantequilla con crema de chocolate.
Korta analizó la información suministrada por Patxo y se extrañó de la seguridad que había detectado en su subordinado. Se dio cuenta de que su gente no tenía ni puta idea de en dónde podía estar el traidor de Mitarra y, además, ¿a saber por qué hostias estaban ahora tan seguros de la inocencia de Mitarra? Le contestó a Patxo.
— Ayer me llamó el gran capo y me dijo que os quiere ver mañana por la tarde en el hotel Corona de Aragón de Za-ra-go-za. Ya ves que tu pista no era tan mala como acabas de decirme. Listo de los cojones. Repito, mañana vais al hotel, bien camuflados, y preguntáis por la delegación de Chirvan. El jefe ya se pondrá en contacto con vosotros. ¿Entendido? Así que carretera y manta, y mañana sin falta estáis en Zaragoza. Y explícale al capo todo lo que sabes de esos Urandis especiales de los cojones. Eso sí es importante, y no vuestras pajas mentales referentes al traidor de Mitarra. Agur.
La comunicación se cortó y Patxo se quedó un tanto sorprendido con lo de tener que ir a Zaragoza. ¿Cómo hostias también lo sabía el pirao de Urantia?
Volvió a la cocina cuando Benjamin estaba terminando de exponer su teoría a Iñaki y Juantxo.
— Las conclusiones para mí son más evidentes que un grano rojo y reventón en la punta de la blanca nariz de un sueco. Cuando vi que vuestro compañero corría por la calle y nadie le quiso ayudar y que muchos le insultaban y le gritaban y hasta avisaban e informaban a la ertzaintza por dónde se había escapado, no entendí cómo no se le cayó el alma a los pies.
Patxo preguntó por el tema de la conversación, e Iñaki le informó que Benjamin había visto desde su balcón, la escapada del compañero militante que hacía un año había atacado el museo Guggemheim, y que al ser descubierto por la ertzaintza, tuvo que salir corriendo por las calles de Bilbao, sin que nadie le ayudase en nada. Juantxo resumió la conversación con una sentencia.
— Es una desviación revolucionaria el pretender realizar una actividad armada, cuando las condiciones objetivas necesarias no existen en el seno de la sociedad.
— Amén —, dijo Benjamin.
Patxo comunicó a la tertulia que tenían que salir de viaje y se despidió de Benjamin.
— Estimado amigo, no sé cómo agradecerte todo lo que me has hecho pensar, y lo único que se me ocurre para poder pagarte todo lo que has hecho, es darte algo de dinero. Es que no tengo otra cosa para corresponderte.
Ante el asombro de sus compañeros, Patxo metió la mano en el bolsillo y sacó alrededor de cien mil pesetas que entregó a su maestro. Benjamin aceptó el regalo y le dijo a Patxo que sería la hostia si todo el mundo diese siempre aquello que tuviese.
— Si todas las personas diesen lo que pueden dar, este mundo sería casi perfecto. Muchas gracias por darme lo único que tienes ahora. Espero que nos sigamos viendo y que la próxima vez tengas otras cosas menos materiales para darme.
Todos se fueron hasta la sala y se despidieron con una impecable corrección. Hasta Iñaki se puso en plan fino y quiso estar a la altura de las circunstancias, demostrando así que no era tan maleducado como decían algunas rubias por ahí. A la vez que devolvía el revólver de Mitarra a su frondosa planta ante el consentimiento explícito de sus dos también educados compañeros, se despidió del, para él, educadísimo Benjamin.
— Bueno, mi estimado señor, ha sido un grato placer para mí haber conocido a un tío tan ….. cojonudo como usted mismo ….. que es ….. la hostia. ¡Joder!
Lo último que les comentó Benjamin, acompañando, cómo no, educadamente al comando hasta la puerta, fue que se cuidaran mucho y que hicieran caso a su sentido común, porque la ignorancia no consiste en la ausencia del saber, sino en desperdiciar la oportunidad de aprender. Agur Benjamin.
Una vez en la calle, el comando itinerante se montó en el manchado automóvil de Jon y salieron de Bilbao por el puente de La Salve.
— ¿Dónde vamos, querido jefe? —, preguntó el de siempre a su responsable operativo.
— Nos vamos para Zaragoza. Allí está Retama y nos quiere ver allí echando hostias. Nos espera mañana en un hotel de Zaragoza.
Patxo pensó qué coño podría contar al gran capo sobre las unidades especiales de Urantia sin tener que verse obligado a descubrir todo el pastel del pirao de Astrabudua.
El coche salió de la bulliciosa y creída capital vizcaina, y a través del rocoso Urkiola, llegaron a la llana Araba, para desde la coqueta y seria capital alavesa, coger el ancho valle que discurre entre las cordilleras del Aralar y del Urbasa, el cual les llevaría a la recia y alegre capital nabarra. Allí pensaban pasar la noche en casa de unos simpatizantes y salir al día siguiente para la sobria y voluntariosa capital aragonesa a cumplir con su cita hotelera con el gran capo.
Cuando estaban a la altura de Irurzun, cerca del camino a la elegante y playera capital guipuzcoana, Iñaki dijo que tenía más ganas de comer que el burro que se murió de hambre cuando ya casi había aprendido a vivir sin comer.
— A mí, eso de la táctica de Indurain de comer poco, no me hace mucha gracia. Si algo está bueno, ¿por qué no te vas a hartar de ello?
Patxo estaba de buen humor y le replicó con prontitud. — Calla primitivo, que tú por mucho que comas, nunca te hartas aunque revientes como una oca.
Estando en estas placenteras disquisiciones, de repente vieron un llamativo restaurante que se encontraba en las inmediaciones de la carretera, y sin pensárselo ni dos veces, entraron en el gran aparcamiento de un asador con ciertas trazas de sidrería.